Thomas había presenciado la escena que ahora vivía, no por un incidente sobrenatural, sino mas bien porque a Thomas le gustaba imaginar cosas, así en las noches se entregaba unas veces a protagonizar un fortuito encuentro romántico con sus actrices favoritas del teatro Paradise, otras a la proeza de retornar a su natal Sunderland cargando el trofeo del British Open y entregándole a su amor inalcanzable, Sarah, la pelota con la que había completado de forma épica el hoyo 18 del Prestwick Golf Club, y en otra ocasión, cuando su febril imaginación empezaba a fundirse con un lóbrego sueño, se había visto ahí, a las afueras de la imprenta de John MacArthur, interpretando el papel del suntuoso magnate en un momento y corriendo por su vida al siguiente, una vez se hubo sumido en la bruma de la pesadilla.
Tal vez aquel entresueño premonitorio llevó a Thomas a pensar que en una carrera por su vida sus piernas se moverían tan rápido como nunca y la adrenalina inyectaría energía a sus músculos y aire a sus pulmones, sin embargo sus piernas obesas apenas se arrastraban por sobre los adoquines, y para el momento en que el cuchillo oxidado le dio caza por primera vez, ya su silbante respiración de asmático resonaba en el ambiente mudo de un callejón solitario.
De esa forma, y contrario a su primera experiencia, al contacto del metal no le siguió un despertar sudoroso sobre su colchón de ermitaño, sino un dolor tan agudo como el que nunca había sentido y que casi opacaba por completo la tibia sensación que producía la sangre al brotar de su pecho, ahora Thomas no despertaba para soñar a posta con la gloria, dormía para sumergirse en la eterna inconsciencia en una fosa donde años después se levantaría la segunda imprenta de John MacArhur.
domingo, 26 de diciembre de 2010
miércoles, 22 de diciembre de 2010
Suiyōbi
Abrió su pecho y la miró a los ojos.
-Atraviésalo.
Lo empezó a acariciar.
viernes, 17 de diciembre de 2010
Nunca más
Un cuervo picando la frente del viejo Jak.
Un cuervo que emite su graznido y luego se queda quieto.
Un cuervo que rompe la piel y sigue picoteando.
A lo mejor si el viejo Jak se moviera, el cuervo echaría a volar y dejaría de picarle la frente; pero el viejo Jak es un espantapájaros.
Cuello Blanco
Erase una vez un caballero que sonreía.
Se sonreía a sí mismo cada mañana ante el espejo.
Sonreía a la señora de la esquina que todos los días le vendía una cajita de mentas.
Sonreía al portero al entrar en el edificio de oficinas, siempre con el periódico bajo el brazo y los dientes viejos bajo el bigote gris.
Sonreiría aquel día una vez más, al abrir la puerta del despacho de su jefe y estrellarse contra su cara seria al lado de la del contador de la empresa.
Se sonreía a sí mismo cada mañana ante el espejo.
Sonreía a la señora de la esquina que todos los días le vendía una cajita de mentas.
Sonreía al portero al entrar en el edificio de oficinas, siempre con el periódico bajo el brazo y los dientes viejos bajo el bigote gris.
Sonreiría aquel día una vez más, al abrir la puerta del despacho de su jefe y estrellarse contra su cara seria al lado de la del contador de la empresa.
jueves, 16 de diciembre de 2010
Vida
Un rayo de luz atravesó las nubes grises que cubrían el cielo, luego otra y otra mas, el día adquirió de repente un tono brillante con la luz y los reflejos del agua de la tormenta que acababa de transcurrir.
Rápidamente las nubes comenzaron a despejarse y la vida que parecía haber quedado sumida en un letargo bajo el temporal, empezó a revivir poco a poco; se oían trinos de pájaros, algunos ladridos de perros y las alas negras de los buitres volvían a verse cortando el viento con sus alas, trazando círculos sobre el firmamento, como un mudo recordatorio de lo que había sucedido.
Sobre la tierra el agua mezclada con la sangre negra formaba pequeñas y saltarinas cascadas resplandecientes, el concierto de una cantidad infinita de mandíbulas de perros, chacales, osos, buitres y cuervos congregados allí, se alzaba al cielo como una plegaria de agradecimiento por el maná carnívoro que les había sido regalado.
El brillo del rocío que bañaba los metales empezaba desaparecer a medida que el sol iba secando las gruesas gotas de lluvia que habían quedado atrapadas en el filo de las armas, y entonces, como el segundo acto de esta sinfonía de vida,.empezaron a oírse las notas de las millones de alas membranosas que comenzaban su danza en el aire, revoloteando, dando giros y llenando todo el espacio con el rumor enconado y constante de sus zumbidos.
El sol brillaba y la vida continuaba, reanimada por este regalo, el sol también brillaría al día siguiente y al siguiente, una vez mas por los siglos de los siglos, y los huesos serían limpiados de la carne y dispersados, y las armas lentamente enrojecerían y serían disueltas en la tierra, y todo cuanto fue obra de los hombres sería tragado por la tierra de la cual salieron y no quedaría por parte de ellos mas que el mudo silencio de sus huesos enterrados en el barro.
Rápidamente las nubes comenzaron a despejarse y la vida que parecía haber quedado sumida en un letargo bajo el temporal, empezó a revivir poco a poco; se oían trinos de pájaros, algunos ladridos de perros y las alas negras de los buitres volvían a verse cortando el viento con sus alas, trazando círculos sobre el firmamento, como un mudo recordatorio de lo que había sucedido.
Sobre la tierra el agua mezclada con la sangre negra formaba pequeñas y saltarinas cascadas resplandecientes, el concierto de una cantidad infinita de mandíbulas de perros, chacales, osos, buitres y cuervos congregados allí, se alzaba al cielo como una plegaria de agradecimiento por el maná carnívoro que les había sido regalado.
El brillo del rocío que bañaba los metales empezaba desaparecer a medida que el sol iba secando las gruesas gotas de lluvia que habían quedado atrapadas en el filo de las armas, y entonces, como el segundo acto de esta sinfonía de vida,.empezaron a oírse las notas de las millones de alas membranosas que comenzaban su danza en el aire, revoloteando, dando giros y llenando todo el espacio con el rumor enconado y constante de sus zumbidos.
El sol brillaba y la vida continuaba, reanimada por este regalo, el sol también brillaría al día siguiente y al siguiente, una vez mas por los siglos de los siglos, y los huesos serían limpiados de la carne y dispersados, y las armas lentamente enrojecerían y serían disueltas en la tierra, y todo cuanto fue obra de los hombres sería tragado por la tierra de la cual salieron y no quedaría por parte de ellos mas que el mudo silencio de sus huesos enterrados en el barro.
martes, 14 de diciembre de 2010
Universo
El caballero alzó la mano saludando a Lucy. Ella era guapa, de tez morena y apenas más alta que su marido. Le devolvió el saludo mientras seguía tendiendo la camisa blanca del trabajo de su esposo, no es que fuera un empresario ni una persona importante: Sólo era un vendedor. Vendía libros de auto superación, de motivación, ejercitación cerebral… El tipo de cosas que sólo empiezas a leer en un rato de ocio.
-¿Qué tal el trabajo? –Preguntó Lucy mientras apartaba la camisa lo suficiente para poder mirar el rostro del caballero; hoy vestía con un traje todo negro que terminaba con un sombrero azul marino; la corbata resaltaba mucho en el conjunto pues era totalmente blanca. Le sonrió, complacida con su aspecto y lo volvió a saludar con gestos de la mano.
-Va bien –pero no iba bien, y se le notaba en la voz-, vendí dos libros.
No es que fuera mucho, pero mientras llevara “vendí” era buena noticia, al menos ya era algo.
-¿La pequeña?
Lucy sonrió y señaló con la mirada dentro de la casa; una pequeña casa que funcionaba como un gran hogar.
-Está durmiendo, estuvo jugando todo el día y hasta ahora se durmió un poco –tomó un pantalón y también lo colgó, siguiendo un detallado ritual que consistía en sacudirlo, tomar tres pinzas y ajustar el pantalón por un extremo con una de ellas; luego ajustaba el otro extremo con la otra pinza, y la tercera la regresaba al botecito de plástico-, no la despiertes.
-Voy por agua ¿Vienes? –se acercó hasta poder abrazarla por la cintura, rodeando el pantalón para evitar mojarse.
-Termino con esto y te alcanzo –le guiñó un ojo, con mirada pícara.
El caballero entró en la casa, se limpió los pies en el tapete de caucho y miró hacia la cuna; mientras los colgantes de la luna, el sol y algunas estrellas giraban como un universo bien establecido, la niña descansaba con todo su corazón. Daban ganas de tenderse en el suelo y dormir como ella (y despertar para sentir las estrellas con las manos, aunque fueran de plástico). Se agachó para darle un beso en la mejilla y acurrucarla entre las mantas, su nariz rozó la mejilla de la pequeña sacándola de su dulce sueño, pero eso no detuvo el beso. La bebé empezó a llorar con toda la fuerza que pudo, sacudiendo el universo, enredando las estrellas y haciendo temblar al sol.
-¿Qué le haces? –preguntó Lucy desde fuera con un tono bromista, mientras sacudía otro pantalón y empezaba el mismo procedimiento.
El caballero le acarició la barriguita con pequeñas palmadas para volverla a meter en su sueño, para calmar al pequeño Dios que agitó el universo, y poco a poco se va durmiendo, como si nada hubiera pasado nunca.
Caminó hasta la cocina y tomó un vaso de plástico, lo llenó hasta la mitad con agua del garrafón y la pasó de un solo trago; sacudió el vaso y lo volvió a acomodar en el estante. La puerta de lámina chirrió un poco para dejar pasar a Lucy; contenta y con un cesto vacío. Lo dejó en el suelo junto a la cuna y miró a la bebe mientras volvía a acomodar el firmamento.
-Tiene tus ojos.
El caballero sonrió con algo de alegría y se acercó hasta ella con paso ligero hasta poder tomarla por la mano. La acarició despacio y miró a la niña, sus miradas se encontraron en los ojos de la bebe, cerrados pero hermosos. El caballero agachó la cabeza y miró las patas de la cuna, la verdad es que no sabía cómo decirle que no vendió nada, que no fue a trabajar sino que se desvió hacia el hospital para una consulta normal. No sabía cómo decirle que salió de ahí con cáncer; el doctor lo había infectado cuando le dio la noticia, antes de la consulta no lo tenía, sólo tenía un dolor en la rodilla, por el frío.
-¿Qué tal el trabajo? –Preguntó Lucy mientras apartaba la camisa lo suficiente para poder mirar el rostro del caballero; hoy vestía con un traje todo negro que terminaba con un sombrero azul marino; la corbata resaltaba mucho en el conjunto pues era totalmente blanca. Le sonrió, complacida con su aspecto y lo volvió a saludar con gestos de la mano.
-Va bien –pero no iba bien, y se le notaba en la voz-, vendí dos libros.
No es que fuera mucho, pero mientras llevara “vendí” era buena noticia, al menos ya era algo.
-¿La pequeña?
Lucy sonrió y señaló con la mirada dentro de la casa; una pequeña casa que funcionaba como un gran hogar.
-Está durmiendo, estuvo jugando todo el día y hasta ahora se durmió un poco –tomó un pantalón y también lo colgó, siguiendo un detallado ritual que consistía en sacudirlo, tomar tres pinzas y ajustar el pantalón por un extremo con una de ellas; luego ajustaba el otro extremo con la otra pinza, y la tercera la regresaba al botecito de plástico-, no la despiertes.
-Voy por agua ¿Vienes? –se acercó hasta poder abrazarla por la cintura, rodeando el pantalón para evitar mojarse.
-Termino con esto y te alcanzo –le guiñó un ojo, con mirada pícara.
El caballero entró en la casa, se limpió los pies en el tapete de caucho y miró hacia la cuna; mientras los colgantes de la luna, el sol y algunas estrellas giraban como un universo bien establecido, la niña descansaba con todo su corazón. Daban ganas de tenderse en el suelo y dormir como ella (y despertar para sentir las estrellas con las manos, aunque fueran de plástico). Se agachó para darle un beso en la mejilla y acurrucarla entre las mantas, su nariz rozó la mejilla de la pequeña sacándola de su dulce sueño, pero eso no detuvo el beso. La bebé empezó a llorar con toda la fuerza que pudo, sacudiendo el universo, enredando las estrellas y haciendo temblar al sol.
-¿Qué le haces? –preguntó Lucy desde fuera con un tono bromista, mientras sacudía otro pantalón y empezaba el mismo procedimiento.
El caballero le acarició la barriguita con pequeñas palmadas para volverla a meter en su sueño, para calmar al pequeño Dios que agitó el universo, y poco a poco se va durmiendo, como si nada hubiera pasado nunca.
Caminó hasta la cocina y tomó un vaso de plástico, lo llenó hasta la mitad con agua del garrafón y la pasó de un solo trago; sacudió el vaso y lo volvió a acomodar en el estante. La puerta de lámina chirrió un poco para dejar pasar a Lucy; contenta y con un cesto vacío. Lo dejó en el suelo junto a la cuna y miró a la bebe mientras volvía a acomodar el firmamento.
-Tiene tus ojos.
El caballero sonrió con algo de alegría y se acercó hasta ella con paso ligero hasta poder tomarla por la mano. La acarició despacio y miró a la niña, sus miradas se encontraron en los ojos de la bebe, cerrados pero hermosos. El caballero agachó la cabeza y miró las patas de la cuna, la verdad es que no sabía cómo decirle que no vendió nada, que no fue a trabajar sino que se desvió hacia el hospital para una consulta normal. No sabía cómo decirle que salió de ahí con cáncer; el doctor lo había infectado cuando le dio la noticia, antes de la consulta no lo tenía, sólo tenía un dolor en la rodilla, por el frío.
lunes, 13 de diciembre de 2010
Cliclo de literatura Sovietica: Pan Nombre Sustantivo
PAN, NOMBRE SUSTANTIVO (Primera parte)
MIJAIL ALEXEIEV
Nota del autor:
En cada población, grande o pequeña, existe cierta “selección” de personas sin las cuales resulta difícil, incluso imposible, imaginarse la existencia misma del lugar. Sin ellos, perdería su fisonomía, su carácter; mas aún, su alma. Cuando una de esas personas desaparece de la vida de la aldea o del pueblo, su lugar ha de se forzosamente ocupado por otra figura igual de pintoresca. De otro modo la población palidece, me marchita, pierde sus colores. En una palabra, todos sus habitantes notan al instante que, aunque todo parece haber quedado igual, falta algo muy importante, muy esencial.
Yo quisiera referirme a las personas esas de una aldea y, desde el principio, advertir al lector que no encontrará aquí una novela en el sentido habitual de esta palabra, ya que una novela de verdad implica un argumento y una acción continuada, por lo menos de uno de sus personajes principales. En este libro no habrá ni lo uno ni lo otro. Tampoco habrá protagonista, como exige la novela tradicional. Todos mis personajes pasaran por orden natural, digámoslo así, por el papel de protagonista y de comparsa.
Pizquita
Pizquita es el apodo de un anciano de ochenta años. Su nombre auténtico es Kusmá Nikíforovich Udalstov.
¿Por qué pizquita?
Luego lo explicaremos. De momento, trataremos de describir su exterior: bajito de por si, Pizquita parece ahora enteramente un crío, por que su vida larga y no muy dulce, esa es la verdad, le ha encorvado casi hasta el suelo. Y ahora, para verle la cara a una persona que se cruza con el e intercambiar algunas palabras, Pizquita tiene que torcer el cuello de una manera especial y mirar de abajo arriba con sus negros ojillos miopes.
-¿Eres tu muchacho?- pregunta frecuentemente a Sergá Vólgushev, vecino suyo y amigo desde la infancia: juntos fueron al servicio, juntos combatieron en la primera guerra alemana, juntos abandonaron las posiciones en cuanto se presentó una ocasión propicia, juntos fueron luego a la guerra civil, los hirieron el mismo día, estuvieron en el mismo hospital y el mismo día regresaron a su pueblo de Víselki, donde les esperaban las esposas con toda la bandada de chiquillos y la hacienda totalmente arruinada.
Pizquita estaba muy impaciente por regresar a su casa, deseando volver a ver a su Bujar, dromedario que había comprado en la cuenca del Volga, justamente antes de marchar a la guerra civil. Hasta entonces, Pizquita había tenido una potranca pía, Maruska, de una resistencia extraordinaria para el trabajo, poco exigente, siempre se mantenía recia y redonda cualquiera que fuese el pasto. Sin embargo, Maruska tenía un defecto: el de morder, si bien su amo se había resistido mucho tiempo a creerlo. Si la esposa o alguno de los hijos se quejaban, Pizquita no hacía más que sonreír fatuamente:
-¿Y por que no me muerde a mi Maruska?
-También te morderá a ti
Las palabras de la esposa resultaron proféticas.
Una vez regreso Pizquita a su casa pasada ya la media noche. Antes de entrar en casa, como tenía por costumbre, se aproximó a Maruska, le pegó unas palmaditas cariñosas en la grupa y quiso darle un beso en sus labios suaves y aterciopelados. Pizquita estaba muy bebido y, al parecer, ignoraba que su Maruska, a diferencia de la esposa sumisa y callada, no podía soportar el tufo del alcohol. Apenas adelantó pizquita sus labios bisbiseando palabras cariñosas hacia su hocico, Maruska enseñó los dientes con un rictus feroz, lanzó una mirada rabiosa con su ojo de fuego y le pegó un tremendo mordisco a su amo en un hombro. Pizquita lanzó un alarido y, fuera de si, arrancó una esta de la cerca -¿Quién sabe de donde sacaría tantas fuerzas?- y se puso a perseguir al caballo por el patio. Anduvo persiguiéndole hasta quedar totalmente agotado. A la mañana siguiente, rehuyendo las miradas socarronas de la esposa y los hijos, se vistió rápidamente, salió al corral, enganchó a Maruska y se marchó.
Sólo regresó al cabo de dos semanas. No tiraba ya del trineo Maruska, si no un verdadero monstruo cuya sola vista provocó los ladridos de frenéticos y temerosos de los perros e hizo que las mujeres que habían salido por agua se santiguaran a todo evento, murmurando asustadas: “¡Alabado sea Dios!” Aquel espantoso animal era un dromedario con las patas increíblemente largas. Poseía un cuello igual de largo, soporte de un hocico irónico y pequeño que eyectaba constantemente saliva y mascullaba injurias. La esposa y los hijos de Pizquita se pasaron varios días sin salir al patio por temor a aquel bicho.
Pizquita en cambio, estaba de lo más satisfecho con su compra. Desde abajo miraba encantado a aquel campanario vivo.
-¡Bujar échate!- ordenaba pizquita al dromedario, que aunque no en seguida, terminaba echándose. Bramaba, escupía, hacía muecas horribles, pero obedecía al amo.
Bujar tenía un trote fenomenal, ningún caballo del distrito podía competir con él.
-Por este maldito no he llegado a general- confesó una vez Pizquita.
-¿Cómo es eso?
-Pues así, y nada más. Grishka Liajin ha llegado y yo no. Y todo por ese, por el camello…
Después de muchos ruegos, Pizquita relató al fin lo sucedido.
Al terminar la guerra civil, poco después del asalto a Pérekop, el jefe del regimiento llamó a Pizquita y le propuso ir a Moscú a estudiar para oficial rojo. Por aquel tiempo haber cursado cuatro grados escolares era algo serio. Pizquita los había cursado; el, y otro soldado de su compañía: Grishka Liajin. Además, ambos eran valientes e ingeniosos. Grishka aceptó enseguida pero Pizquita se negó en rotundo: se acordó que en Víselki le aguardaba Bujar, y se negó. Grishka Liajin llegó por fin a general mientras Kusmá Nikíforovich Udalstov, que por todos los indicios debía haber sido un jefe militar, perdió inclusive su propio nombre y se convirtió en Pizquita.
A Pizquita le gusta hablar de la guerra civil. Pega la hebra, encantado, en cuanto se presenta la ocasión. Y si no se presenta, de todas maneras habla: se conoce que la guerra civil es la mejor página de la vida de Pizquita.
De la primera guerra alemana, Pizquita habría preferido callar: la deserción no puede presentarse como una proeza, cualesquiera sean las circunstancias a que se deba.
Pizquita se hizo el propósito de desertar después de un ataque artillero alemán cerca de Peremishl, cuando no quedó de su compañía más que una veintena de soldados. Por la noche, cuando todo se aplacó y solo las bengalas alemanas y las balas trazadoras desgarraban de vez en cuando el tupido y negro manto del cielo, Pizquita llamó a Sergá Vólgushev y le preguntó del modo más inesperado:
-¿Desde que año eres tú cretino, Sergá?
-Desde el ochenta y dos- contestó el otro sin vacilar.
-Bueno, pues desde entonces lo soy yo también… ¿Y no te parece, Sergá, que es hora ya de que empecemos a despabilarnos?...
Después de aquella noche, en la compañía faltaron dos bayonetas activas más.
Pero, ¿por que le llaman Pizquita?
Este apodo le fue puesto a Kusmá Nikíforovich Udalstov bastante mas tarde. Ahora vamos a referirlo todo por su orden.
Era ya el primer año después de la Guerra Patria.* A uno de los presidentes del koljós (al principio los contaban; primero, segundo, tercero; pero después perdieron la cuenta) se le ocurrió una idea absolutamente disparatada: poner a Kusmá Nikíforovich Udalstov, el mejor cultivador del artel, al frente del colmenar del koljós** por que el colmenero anterior había llegado a tal grado de holganazanería, que ya ni siquiera comía miel. El colmenar había sido constituido en el treinta con las colmenas de los kulaks*** concentradas en un sitio determinado, siguiendo el mismo principio empleado para formar el conjunto de los graneros koljosianos, con la particularidad de que era mucho más fácil encontrar un encargado o un guarda para los graneros que un apicultor.
Se optó por Kusmá Nikíforovich teniendo en cuenta su honradez y su formalidad extraordinarias: no se llevaba nada del koljós a su casa, aunque ciertos paisanos suyos lo hacían.
-La miel es dulce, y a nadie le amarga lo dulce –dijo sesudamente el presidente esforzándose por conservar la seriedad que requería la profundidad de su aforismo; pero no pudo resistir y soltó la carcajada, encantado de su propio ingenio, sin duda por que no andaba muy sobrado de él. Cuando Kusmá Nikíforovich le informó de que él solo sabía de las abejas que hacen mucho daño cuando pican y que la miel es efectivamente dulce y que ahí terminaban sus conocimientos sobre tan útil insecto, el presidente sentenció:
-Si he de hablarle francamente, Kusmá Nikíforovich, también yo sirvo tanto para presidente del koljós como un chivo para sacristán. Pero, me lo han mandado, y aquí estoy dirigiéndoos. Dios sabe como dirijo, pero dirijo. ¿Qué se le va a hacer?
Después de tales argumentos ¿Quién se atrevería a rehusar?
Kusmá Nikíforovich se hizo cargo del colmenar, el presidente compró en la ciudad un libro sobre apicultura y se lo entregó al nuevo colmenero con cierta solemnidad.
-Aquí tienes la Biblia de las abejas, viejo. Léela día y noche y que no se te muera ni uno solo de esos bichos que hay en las colmenas ¿entendido?
-Entendido- contestó Kusmá Nikíforovich aceptando la “Biblia” con gratitud.
No le había dado tiempo de abrirla cuando se le presento un apoderado a quien preocupaba extraordinariamente aquello de las abejas. En lugar de decirle clara y honradamente al viejo que había ido a golosinear de la miel, tomó un aire de lo más riguroso y se puso a examinar al colmenero de nuevo cuño.
-Y que ¿hay muchos zánganos?- preguntó el apoderado altivo y áspero.
Kusmá Nikíforovich tardó un poco en contestar, sorprendido por la extraña pregunta aunque, en realidad, muy razonable. Incluso movió las paletillas como si de pronto le hubiera picado un piojo en la espalda
“Se conoce que así se llaman los malditos piojos a lo científico”, pensó recordando al complemento inseparable de su ya lejana vida de trincheras. Y contestó:
-Efectivamente, había muchos, ¿para que lo vamos a disimular?
-¿Y que haz hecho con ellos?
-Pues aplastarlos entre las uñas…
La risa estalló en la caseta como una salva de fusilería.
-Bueno, abuelo, no puedo entretenerme. Tengo que irme al campo ¿No me das a probar la miel? Una pizquita…
Kusmá Nikíforovich se la dio a probar.
Y desde entonces fueron tantas y tan frecuentes las visitas de gente del distrito y de la región, que acabó por preguntarse si no sería aquella su misión principal. Daba a probar una pizca, pero eran tantas pizcas que no quedó nada para pagar los trudodiens. De ahí salió esa pizquita, que mancilló eternamente el buen nombre de Kusmá Nikiforovich Udalstov.
“La abeja se lleva el néctar de las flores, pero ¿Quién se lleva la miel de las abejas?”
Después de que se planteó esta pregunta de súbito, repentinamente, Pizquita quedó de pronto melancólico, abatido, tristemente meditabundo.
Y en la segunda mitad del invierno surgió la tragedia; las abejas no tenían miel suficiente, y el colmenar corría el peligro de perecer. Azúcar no había ni en la tienda rural ni en la cabeza de distrito. No lo había siquiera en la capital de la región. Sin embargo, lo había en el baúl, guardado por Nastasia, la esposa de Pizquita, bajo siete llaves. Lo había enviado de Moscú un sobrino de ellos, Samonka, ese mismo Samonka de quien nada desde hace un montón de años y que ahora anunciaba una próxima visita a la aldea.
Nastasia era una vieja muy alta. En cuanto a corpulencia, su esposo y ella eran de magnitudes tan dispares, que no se les podía siquiera comparar. Aunque Pizquita hubiera podido erguirse completamente, apenas le hubiera podido llegar al hombro. Pese a esta desproporción tan grande, Pizquita se las ingeniaba para sacudir de vez en cuando a su esposa, probablemente en virtud de alguna vieja costumbre. Apenas había cometido alguna falta –que fuera falta desde el punto de vista de Pizquita, naturalmente-se subía al baúl y gritaba:
-¡Ven aquí Nastasia!
La mujer se acercaba sumisamente y presentaba la cabeza.
Pizquita le tiraba de las trenzas –un poco, por pura fórmula- y decía, no muy enfadado.
-Para que aprendas. ¡Lárgate ya tonta!
Ahora decidió sustraerle el azúcar a Nastasia y salvar a las abejas. “Nosotros ya nos arreglaremos. En la cooperativa venden raíces de malta. Hay remolacha…”
-Debías sacarme la camisa nueva del baúl, Nastasia. Me llaman al Comité del distrito, y no voy a ir con esta…
Bien ajena a la argucia de Pizquita, Nastasia sacó la camisa y los pantalones y, sin cerrar el baúl, fue a la parte trasera de la isba**** para plancharlos al estilo aldeano, entre dos rodillos de madera. Con la agilidad de un hurón, Pizquita rebuscó en el baúl, agarró la bolsa de azúcar y salió corriendo de la isba.
Aquel día tuvo lugar en casa de Pizquita una encarnizada batalla poco común.
-¡Seguro que le has enviado el azúcar a Cigüeñita, viejo camarrupa!- gritaba Nastasia que, olvidada su habitual humildad, le medía las costillas al marido con el rodillo empleado poco antes para alisarle cuidadosamente los pantalones.
Pizquita logró a duras penas escapar a sus manos y esconderse en casa de Sergá Vólgushev, donde pasó tres días seguidos atrincherado lo mismo que en un fortín.
Las abejas, sin embargo, fueron salvadas.
Pero Pizquita había de seguir siendo Pizquita hasta el final de sus días, por que el mote resultó tan pegadizo como la miel de las abejas, en aras de las cuales debió padecer tantas vicisitudes el viejo.
-Prefiero que me pongan a guardar el grano- dijo a la vieja, el día que hicieron las paces, confiándole sus secretos propósitos. El grano es una cosa seria.
A la mañana siguiente se presentó en la dirección y declaró rotundamente:
-Presidente, vengo a que me cambies de trabajo. Este tan dulce que me has dado ya me tiene más amargado que todas las cosas.
Nastasia empezó a recordar con menos frecuencia la historia del azúcar: en los últimos años es algo que abunda en la tienda del pueblo para alegría de todos, y en particular de los que destilan vodka.
*Guerra patria: Segunda Guerra Mundial
**Koljós: Granja social soviética, propiedad del estado.
***Kulaks: Campesinos independientes rusos, enemigos del régimen fueron exterminados por este, eran presentados como simbolos del viejo régimen y de la codicia.
****Isba: Casa tradicional del campesino ruso.
MIJAIL ALEXEIEV
Nota del autor:
En cada población, grande o pequeña, existe cierta “selección” de personas sin las cuales resulta difícil, incluso imposible, imaginarse la existencia misma del lugar. Sin ellos, perdería su fisonomía, su carácter; mas aún, su alma. Cuando una de esas personas desaparece de la vida de la aldea o del pueblo, su lugar ha de se forzosamente ocupado por otra figura igual de pintoresca. De otro modo la población palidece, me marchita, pierde sus colores. En una palabra, todos sus habitantes notan al instante que, aunque todo parece haber quedado igual, falta algo muy importante, muy esencial.
Yo quisiera referirme a las personas esas de una aldea y, desde el principio, advertir al lector que no encontrará aquí una novela en el sentido habitual de esta palabra, ya que una novela de verdad implica un argumento y una acción continuada, por lo menos de uno de sus personajes principales. En este libro no habrá ni lo uno ni lo otro. Tampoco habrá protagonista, como exige la novela tradicional. Todos mis personajes pasaran por orden natural, digámoslo así, por el papel de protagonista y de comparsa.
Pizquita
Pizquita es el apodo de un anciano de ochenta años. Su nombre auténtico es Kusmá Nikíforovich Udalstov.
¿Por qué pizquita?
Luego lo explicaremos. De momento, trataremos de describir su exterior: bajito de por si, Pizquita parece ahora enteramente un crío, por que su vida larga y no muy dulce, esa es la verdad, le ha encorvado casi hasta el suelo. Y ahora, para verle la cara a una persona que se cruza con el e intercambiar algunas palabras, Pizquita tiene que torcer el cuello de una manera especial y mirar de abajo arriba con sus negros ojillos miopes.
-¿Eres tu muchacho?- pregunta frecuentemente a Sergá Vólgushev, vecino suyo y amigo desde la infancia: juntos fueron al servicio, juntos combatieron en la primera guerra alemana, juntos abandonaron las posiciones en cuanto se presentó una ocasión propicia, juntos fueron luego a la guerra civil, los hirieron el mismo día, estuvieron en el mismo hospital y el mismo día regresaron a su pueblo de Víselki, donde les esperaban las esposas con toda la bandada de chiquillos y la hacienda totalmente arruinada.
Pizquita estaba muy impaciente por regresar a su casa, deseando volver a ver a su Bujar, dromedario que había comprado en la cuenca del Volga, justamente antes de marchar a la guerra civil. Hasta entonces, Pizquita había tenido una potranca pía, Maruska, de una resistencia extraordinaria para el trabajo, poco exigente, siempre se mantenía recia y redonda cualquiera que fuese el pasto. Sin embargo, Maruska tenía un defecto: el de morder, si bien su amo se había resistido mucho tiempo a creerlo. Si la esposa o alguno de los hijos se quejaban, Pizquita no hacía más que sonreír fatuamente:
-¿Y por que no me muerde a mi Maruska?
-También te morderá a ti
Las palabras de la esposa resultaron proféticas.
Una vez regreso Pizquita a su casa pasada ya la media noche. Antes de entrar en casa, como tenía por costumbre, se aproximó a Maruska, le pegó unas palmaditas cariñosas en la grupa y quiso darle un beso en sus labios suaves y aterciopelados. Pizquita estaba muy bebido y, al parecer, ignoraba que su Maruska, a diferencia de la esposa sumisa y callada, no podía soportar el tufo del alcohol. Apenas adelantó pizquita sus labios bisbiseando palabras cariñosas hacia su hocico, Maruska enseñó los dientes con un rictus feroz, lanzó una mirada rabiosa con su ojo de fuego y le pegó un tremendo mordisco a su amo en un hombro. Pizquita lanzó un alarido y, fuera de si, arrancó una esta de la cerca -¿Quién sabe de donde sacaría tantas fuerzas?- y se puso a perseguir al caballo por el patio. Anduvo persiguiéndole hasta quedar totalmente agotado. A la mañana siguiente, rehuyendo las miradas socarronas de la esposa y los hijos, se vistió rápidamente, salió al corral, enganchó a Maruska y se marchó.
Sólo regresó al cabo de dos semanas. No tiraba ya del trineo Maruska, si no un verdadero monstruo cuya sola vista provocó los ladridos de frenéticos y temerosos de los perros e hizo que las mujeres que habían salido por agua se santiguaran a todo evento, murmurando asustadas: “¡Alabado sea Dios!” Aquel espantoso animal era un dromedario con las patas increíblemente largas. Poseía un cuello igual de largo, soporte de un hocico irónico y pequeño que eyectaba constantemente saliva y mascullaba injurias. La esposa y los hijos de Pizquita se pasaron varios días sin salir al patio por temor a aquel bicho.
Pizquita en cambio, estaba de lo más satisfecho con su compra. Desde abajo miraba encantado a aquel campanario vivo.
-¡Bujar échate!- ordenaba pizquita al dromedario, que aunque no en seguida, terminaba echándose. Bramaba, escupía, hacía muecas horribles, pero obedecía al amo.
Bujar tenía un trote fenomenal, ningún caballo del distrito podía competir con él.
-Por este maldito no he llegado a general- confesó una vez Pizquita.
-¿Cómo es eso?
-Pues así, y nada más. Grishka Liajin ha llegado y yo no. Y todo por ese, por el camello…
Después de muchos ruegos, Pizquita relató al fin lo sucedido.
Al terminar la guerra civil, poco después del asalto a Pérekop, el jefe del regimiento llamó a Pizquita y le propuso ir a Moscú a estudiar para oficial rojo. Por aquel tiempo haber cursado cuatro grados escolares era algo serio. Pizquita los había cursado; el, y otro soldado de su compañía: Grishka Liajin. Además, ambos eran valientes e ingeniosos. Grishka aceptó enseguida pero Pizquita se negó en rotundo: se acordó que en Víselki le aguardaba Bujar, y se negó. Grishka Liajin llegó por fin a general mientras Kusmá Nikíforovich Udalstov, que por todos los indicios debía haber sido un jefe militar, perdió inclusive su propio nombre y se convirtió en Pizquita.
A Pizquita le gusta hablar de la guerra civil. Pega la hebra, encantado, en cuanto se presenta la ocasión. Y si no se presenta, de todas maneras habla: se conoce que la guerra civil es la mejor página de la vida de Pizquita.
De la primera guerra alemana, Pizquita habría preferido callar: la deserción no puede presentarse como una proeza, cualesquiera sean las circunstancias a que se deba.
Pizquita se hizo el propósito de desertar después de un ataque artillero alemán cerca de Peremishl, cuando no quedó de su compañía más que una veintena de soldados. Por la noche, cuando todo se aplacó y solo las bengalas alemanas y las balas trazadoras desgarraban de vez en cuando el tupido y negro manto del cielo, Pizquita llamó a Sergá Vólgushev y le preguntó del modo más inesperado:
-¿Desde que año eres tú cretino, Sergá?
-Desde el ochenta y dos- contestó el otro sin vacilar.
-Bueno, pues desde entonces lo soy yo también… ¿Y no te parece, Sergá, que es hora ya de que empecemos a despabilarnos?...
Después de aquella noche, en la compañía faltaron dos bayonetas activas más.
Pero, ¿por que le llaman Pizquita?
Este apodo le fue puesto a Kusmá Nikíforovich Udalstov bastante mas tarde. Ahora vamos a referirlo todo por su orden.
Era ya el primer año después de la Guerra Patria.* A uno de los presidentes del koljós (al principio los contaban; primero, segundo, tercero; pero después perdieron la cuenta) se le ocurrió una idea absolutamente disparatada: poner a Kusmá Nikíforovich Udalstov, el mejor cultivador del artel, al frente del colmenar del koljós** por que el colmenero anterior había llegado a tal grado de holganazanería, que ya ni siquiera comía miel. El colmenar había sido constituido en el treinta con las colmenas de los kulaks*** concentradas en un sitio determinado, siguiendo el mismo principio empleado para formar el conjunto de los graneros koljosianos, con la particularidad de que era mucho más fácil encontrar un encargado o un guarda para los graneros que un apicultor.
Se optó por Kusmá Nikíforovich teniendo en cuenta su honradez y su formalidad extraordinarias: no se llevaba nada del koljós a su casa, aunque ciertos paisanos suyos lo hacían.
-La miel es dulce, y a nadie le amarga lo dulce –dijo sesudamente el presidente esforzándose por conservar la seriedad que requería la profundidad de su aforismo; pero no pudo resistir y soltó la carcajada, encantado de su propio ingenio, sin duda por que no andaba muy sobrado de él. Cuando Kusmá Nikíforovich le informó de que él solo sabía de las abejas que hacen mucho daño cuando pican y que la miel es efectivamente dulce y que ahí terminaban sus conocimientos sobre tan útil insecto, el presidente sentenció:
-Si he de hablarle francamente, Kusmá Nikíforovich, también yo sirvo tanto para presidente del koljós como un chivo para sacristán. Pero, me lo han mandado, y aquí estoy dirigiéndoos. Dios sabe como dirijo, pero dirijo. ¿Qué se le va a hacer?
Después de tales argumentos ¿Quién se atrevería a rehusar?
Kusmá Nikíforovich se hizo cargo del colmenar, el presidente compró en la ciudad un libro sobre apicultura y se lo entregó al nuevo colmenero con cierta solemnidad.
-Aquí tienes la Biblia de las abejas, viejo. Léela día y noche y que no se te muera ni uno solo de esos bichos que hay en las colmenas ¿entendido?
-Entendido- contestó Kusmá Nikíforovich aceptando la “Biblia” con gratitud.
No le había dado tiempo de abrirla cuando se le presento un apoderado a quien preocupaba extraordinariamente aquello de las abejas. En lugar de decirle clara y honradamente al viejo que había ido a golosinear de la miel, tomó un aire de lo más riguroso y se puso a examinar al colmenero de nuevo cuño.
-Y que ¿hay muchos zánganos?- preguntó el apoderado altivo y áspero.
Kusmá Nikíforovich tardó un poco en contestar, sorprendido por la extraña pregunta aunque, en realidad, muy razonable. Incluso movió las paletillas como si de pronto le hubiera picado un piojo en la espalda
“Se conoce que así se llaman los malditos piojos a lo científico”, pensó recordando al complemento inseparable de su ya lejana vida de trincheras. Y contestó:
-Efectivamente, había muchos, ¿para que lo vamos a disimular?
-¿Y que haz hecho con ellos?
-Pues aplastarlos entre las uñas…
La risa estalló en la caseta como una salva de fusilería.
-Bueno, abuelo, no puedo entretenerme. Tengo que irme al campo ¿No me das a probar la miel? Una pizquita…
Kusmá Nikíforovich se la dio a probar.
Y desde entonces fueron tantas y tan frecuentes las visitas de gente del distrito y de la región, que acabó por preguntarse si no sería aquella su misión principal. Daba a probar una pizca, pero eran tantas pizcas que no quedó nada para pagar los trudodiens. De ahí salió esa pizquita, que mancilló eternamente el buen nombre de Kusmá Nikiforovich Udalstov.
“La abeja se lleva el néctar de las flores, pero ¿Quién se lleva la miel de las abejas?”
Después de que se planteó esta pregunta de súbito, repentinamente, Pizquita quedó de pronto melancólico, abatido, tristemente meditabundo.
Y en la segunda mitad del invierno surgió la tragedia; las abejas no tenían miel suficiente, y el colmenar corría el peligro de perecer. Azúcar no había ni en la tienda rural ni en la cabeza de distrito. No lo había siquiera en la capital de la región. Sin embargo, lo había en el baúl, guardado por Nastasia, la esposa de Pizquita, bajo siete llaves. Lo había enviado de Moscú un sobrino de ellos, Samonka, ese mismo Samonka de quien nada desde hace un montón de años y que ahora anunciaba una próxima visita a la aldea.
Nastasia era una vieja muy alta. En cuanto a corpulencia, su esposo y ella eran de magnitudes tan dispares, que no se les podía siquiera comparar. Aunque Pizquita hubiera podido erguirse completamente, apenas le hubiera podido llegar al hombro. Pese a esta desproporción tan grande, Pizquita se las ingeniaba para sacudir de vez en cuando a su esposa, probablemente en virtud de alguna vieja costumbre. Apenas había cometido alguna falta –que fuera falta desde el punto de vista de Pizquita, naturalmente-se subía al baúl y gritaba:
-¡Ven aquí Nastasia!
La mujer se acercaba sumisamente y presentaba la cabeza.
Pizquita le tiraba de las trenzas –un poco, por pura fórmula- y decía, no muy enfadado.
-Para que aprendas. ¡Lárgate ya tonta!
Ahora decidió sustraerle el azúcar a Nastasia y salvar a las abejas. “Nosotros ya nos arreglaremos. En la cooperativa venden raíces de malta. Hay remolacha…”
-Debías sacarme la camisa nueva del baúl, Nastasia. Me llaman al Comité del distrito, y no voy a ir con esta…
Bien ajena a la argucia de Pizquita, Nastasia sacó la camisa y los pantalones y, sin cerrar el baúl, fue a la parte trasera de la isba**** para plancharlos al estilo aldeano, entre dos rodillos de madera. Con la agilidad de un hurón, Pizquita rebuscó en el baúl, agarró la bolsa de azúcar y salió corriendo de la isba.
Aquel día tuvo lugar en casa de Pizquita una encarnizada batalla poco común.
-¡Seguro que le has enviado el azúcar a Cigüeñita, viejo camarrupa!- gritaba Nastasia que, olvidada su habitual humildad, le medía las costillas al marido con el rodillo empleado poco antes para alisarle cuidadosamente los pantalones.
Pizquita logró a duras penas escapar a sus manos y esconderse en casa de Sergá Vólgushev, donde pasó tres días seguidos atrincherado lo mismo que en un fortín.
Las abejas, sin embargo, fueron salvadas.
Pero Pizquita había de seguir siendo Pizquita hasta el final de sus días, por que el mote resultó tan pegadizo como la miel de las abejas, en aras de las cuales debió padecer tantas vicisitudes el viejo.
-Prefiero que me pongan a guardar el grano- dijo a la vieja, el día que hicieron las paces, confiándole sus secretos propósitos. El grano es una cosa seria.
A la mañana siguiente se presentó en la dirección y declaró rotundamente:
-Presidente, vengo a que me cambies de trabajo. Este tan dulce que me has dado ya me tiene más amargado que todas las cosas.
Nastasia empezó a recordar con menos frecuencia la historia del azúcar: en los últimos años es algo que abunda en la tienda del pueblo para alegría de todos, y en particular de los que destilan vodka.
*Guerra patria: Segunda Guerra Mundial
**Koljós: Granja social soviética, propiedad del estado.
***Kulaks: Campesinos independientes rusos, enemigos del régimen fueron exterminados por este, eran presentados como simbolos del viejo régimen y de la codicia.
****Isba: Casa tradicional del campesino ruso.
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