El caballero alzó la mano saludando a Lucy. Ella era guapa, de tez morena y apenas más alta que su marido. Le devolvió el saludo mientras seguía tendiendo la camisa blanca del trabajo de su esposo, no es que fuera un empresario ni una persona importante: Sólo era un vendedor. Vendía libros de auto superación, de motivación, ejercitación cerebral… El tipo de cosas que sólo empiezas a leer en un rato de ocio.
-¿Qué tal el trabajo? –Preguntó Lucy mientras apartaba la camisa lo suficiente para poder mirar el rostro del caballero; hoy vestía con un traje todo negro que terminaba con un sombrero azul marino; la corbata resaltaba mucho en el conjunto pues era totalmente blanca. Le sonrió, complacida con su aspecto y lo volvió a saludar con gestos de la mano.
-Va bien –pero no iba bien, y se le notaba en la voz-, vendí dos libros.
No es que fuera mucho, pero mientras llevara “vendí” era buena noticia, al menos ya era algo.
-¿La pequeña?
Lucy sonrió y señaló con la mirada dentro de la casa; una pequeña casa que funcionaba como un gran hogar.
-Está durmiendo, estuvo jugando todo el día y hasta ahora se durmió un poco –tomó un pantalón y también lo colgó, siguiendo un detallado ritual que consistía en sacudirlo, tomar tres pinzas y ajustar el pantalón por un extremo con una de ellas; luego ajustaba el otro extremo con la otra pinza, y la tercera la regresaba al botecito de plástico-, no la despiertes.
-Voy por agua ¿Vienes? –se acercó hasta poder abrazarla por la cintura, rodeando el pantalón para evitar mojarse.
-Termino con esto y te alcanzo –le guiñó un ojo, con mirada pícara.
El caballero entró en la casa, se limpió los pies en el tapete de caucho y miró hacia la cuna; mientras los colgantes de la luna, el sol y algunas estrellas giraban como un universo bien establecido, la niña descansaba con todo su corazón. Daban ganas de tenderse en el suelo y dormir como ella (y despertar para sentir las estrellas con las manos, aunque fueran de plástico). Se agachó para darle un beso en la mejilla y acurrucarla entre las mantas, su nariz rozó la mejilla de la pequeña sacándola de su dulce sueño, pero eso no detuvo el beso. La bebé empezó a llorar con toda la fuerza que pudo, sacudiendo el universo, enredando las estrellas y haciendo temblar al sol.
-¿Qué le haces? –preguntó Lucy desde fuera con un tono bromista, mientras sacudía otro pantalón y empezaba el mismo procedimiento.
El caballero le acarició la barriguita con pequeñas palmadas para volverla a meter en su sueño, para calmar al pequeño Dios que agitó el universo, y poco a poco se va durmiendo, como si nada hubiera pasado nunca.
Caminó hasta la cocina y tomó un vaso de plástico, lo llenó hasta la mitad con agua del garrafón y la pasó de un solo trago; sacudió el vaso y lo volvió a acomodar en el estante. La puerta de lámina chirrió un poco para dejar pasar a Lucy; contenta y con un cesto vacío. Lo dejó en el suelo junto a la cuna y miró a la bebe mientras volvía a acomodar el firmamento.
-Tiene tus ojos.
El caballero sonrió con algo de alegría y se acercó hasta ella con paso ligero hasta poder tomarla por la mano. La acarició despacio y miró a la niña, sus miradas se encontraron en los ojos de la bebe, cerrados pero hermosos. El caballero agachó la cabeza y miró las patas de la cuna, la verdad es que no sabía cómo decirle que no vendió nada, que no fue a trabajar sino que se desvió hacia el hospital para una consulta normal. No sabía cómo decirle que salió de ahí con cáncer; el doctor lo había infectado cuando le dio la noticia, antes de la consulta no lo tenía, sólo tenía un dolor en la rodilla, por el frío.
-¿Qué tal el trabajo? –Preguntó Lucy mientras apartaba la camisa lo suficiente para poder mirar el rostro del caballero; hoy vestía con un traje todo negro que terminaba con un sombrero azul marino; la corbata resaltaba mucho en el conjunto pues era totalmente blanca. Le sonrió, complacida con su aspecto y lo volvió a saludar con gestos de la mano.
-Va bien –pero no iba bien, y se le notaba en la voz-, vendí dos libros.
No es que fuera mucho, pero mientras llevara “vendí” era buena noticia, al menos ya era algo.
-¿La pequeña?
Lucy sonrió y señaló con la mirada dentro de la casa; una pequeña casa que funcionaba como un gran hogar.
-Está durmiendo, estuvo jugando todo el día y hasta ahora se durmió un poco –tomó un pantalón y también lo colgó, siguiendo un detallado ritual que consistía en sacudirlo, tomar tres pinzas y ajustar el pantalón por un extremo con una de ellas; luego ajustaba el otro extremo con la otra pinza, y la tercera la regresaba al botecito de plástico-, no la despiertes.
-Voy por agua ¿Vienes? –se acercó hasta poder abrazarla por la cintura, rodeando el pantalón para evitar mojarse.
-Termino con esto y te alcanzo –le guiñó un ojo, con mirada pícara.
El caballero entró en la casa, se limpió los pies en el tapete de caucho y miró hacia la cuna; mientras los colgantes de la luna, el sol y algunas estrellas giraban como un universo bien establecido, la niña descansaba con todo su corazón. Daban ganas de tenderse en el suelo y dormir como ella (y despertar para sentir las estrellas con las manos, aunque fueran de plástico). Se agachó para darle un beso en la mejilla y acurrucarla entre las mantas, su nariz rozó la mejilla de la pequeña sacándola de su dulce sueño, pero eso no detuvo el beso. La bebé empezó a llorar con toda la fuerza que pudo, sacudiendo el universo, enredando las estrellas y haciendo temblar al sol.
-¿Qué le haces? –preguntó Lucy desde fuera con un tono bromista, mientras sacudía otro pantalón y empezaba el mismo procedimiento.
El caballero le acarició la barriguita con pequeñas palmadas para volverla a meter en su sueño, para calmar al pequeño Dios que agitó el universo, y poco a poco se va durmiendo, como si nada hubiera pasado nunca.
Caminó hasta la cocina y tomó un vaso de plástico, lo llenó hasta la mitad con agua del garrafón y la pasó de un solo trago; sacudió el vaso y lo volvió a acomodar en el estante. La puerta de lámina chirrió un poco para dejar pasar a Lucy; contenta y con un cesto vacío. Lo dejó en el suelo junto a la cuna y miró a la bebe mientras volvía a acomodar el firmamento.
-Tiene tus ojos.
El caballero sonrió con algo de alegría y se acercó hasta ella con paso ligero hasta poder tomarla por la mano. La acarició despacio y miró a la niña, sus miradas se encontraron en los ojos de la bebe, cerrados pero hermosos. El caballero agachó la cabeza y miró las patas de la cuna, la verdad es que no sabía cómo decirle que no vendió nada, que no fue a trabajar sino que se desvió hacia el hospital para una consulta normal. No sabía cómo decirle que salió de ahí con cáncer; el doctor lo había infectado cuando le dio la noticia, antes de la consulta no lo tenía, sólo tenía un dolor en la rodilla, por el frío.
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