Thomas había presenciado la escena que ahora vivía, no por un incidente sobrenatural, sino mas bien porque a Thomas le gustaba imaginar cosas, así en las noches se entregaba unas veces a protagonizar un fortuito encuentro romántico con sus actrices favoritas del teatro Paradise, otras a la proeza de retornar a su natal Sunderland cargando el trofeo del British Open y entregándole a su amor inalcanzable, Sarah, la pelota con la que había completado de forma épica el hoyo 18 del Prestwick Golf Club, y en otra ocasión, cuando su febril imaginación empezaba a fundirse con un lóbrego sueño, se había visto ahí, a las afueras de la imprenta de John MacArthur, interpretando el papel del suntuoso magnate en un momento y corriendo por su vida al siguiente, una vez se hubo sumido en la bruma de la pesadilla.
Tal vez aquel entresueño premonitorio llevó a Thomas a pensar que en una carrera por su vida sus piernas se moverían tan rápido como nunca y la adrenalina inyectaría energía a sus músculos y aire a sus pulmones, sin embargo sus piernas obesas apenas se arrastraban por sobre los adoquines, y para el momento en que el cuchillo oxidado le dio caza por primera vez, ya su silbante respiración de asmático resonaba en el ambiente mudo de un callejón solitario.
De esa forma, y contrario a su primera experiencia, al contacto del metal no le siguió un despertar sudoroso sobre su colchón de ermitaño, sino un dolor tan agudo como el que nunca había sentido y que casi opacaba por completo la tibia sensación que producía la sangre al brotar de su pecho, ahora Thomas no despertaba para soñar a posta con la gloria, dormía para sumergirse en la eterna inconsciencia en una fosa donde años después se levantaría la segunda imprenta de John MacArhur.
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