viernes, 17 de diciembre de 2010

Cuello Blanco

Erase una vez un caballero que sonreía.

Se sonreía a sí mismo cada mañana ante el espejo.

Sonreía a la señora de la esquina que todos los días le vendía una cajita de mentas.

Sonreía al portero al entrar en el edificio de oficinas, siempre con el periódico bajo el brazo y los dientes viejos bajo el bigote gris.

Sonreiría aquel día una vez más, al abrir la puerta del despacho de su jefe y estrellarse contra su cara seria al lado de la del contador de la empresa.

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